Tras un breve descanso veraniego, vuelven las galerías. La nueva temporada de artes plásticas malagueña se inaugura este fin de semana con interesantes instalaciones en muchas de las principales salas de la capital.
Es el caso del Colegio de Arquitectos que abre sus puertas con “La ciudad satélite” de José Luis Pastor. Se trata de una exposición que da una visión fría y penetrante de la ciudad contemporánea y que toma a Madrid como pretexto y como modelo.
La apertura de esta muestra-a la que asistirá el artista-está prevista para el viernes 10 de Septiembre, a las 21,00 horas y se prolongará hasta el viernes 1 de Octubre, en horario de 11,00 a 14,00 horas y de 19,00 a 21,00 horas.
José Luis Pastor (Barcelona ,1971) es un pintor de trayectoria breve pero con peso. Estudió Bellas Artes en la Universidad de Cuenca. Entre sus actividades más recientes destacan dos exposiciones individuales en Almagro (Ciudad Real), donde reside actualmente y donde ha recibido varios premios de ámbito provincial.
Pastor cuenta en su haber, además, con varias muestras colectivas en galerías de Madrid, Zaragoza, Sevilla y Pamplona. Ha estado presente en las tres últimas ediciones de ARCO y parte de su producción se encuentra en las colecciones de diversos ayuntamientos castellanos, en la de Unión FENOSA y en la de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.
Dejando atrás el carácter doméstico, cotidiano y privado de su obra anterior, Pastor decide esta vez trabajar en una escala más amplia y asume el desafío que le ofrecen los territorios urbanos.
Así capta y reproduce imágenes callejeras: pinta los barrios periféricos, los andenes del metro y las avenidas del centro de Madrid, un lugar que hace las funciones de arquetipo de la metrópoli contemporánea y que podría sustituirse perfectamente por París o Buenos Aires.
El artista, entonces, toma las señas de identidad de la gran ciudad y las convierte en iconos fácilmente reconocibles: los anuncios de neón, las letras de molde sobre las paredes inacabables, los ríos caudalosos de automóviles y de luces, las ventanas que se repiten hasta la saciedad, las antenas disparejas, las aristas de cemento. Todo masivo, todo público, todo necesariamente múltiple.
Los de Pastor son paisajes duros, algo alienantes, casi desprovistos de vida ,en los que apenas asoma oscuramente algún ser humano y eso de forma tangencial, como si las personas estuviesen fuera de sitio, ocupando tierra hostil y deshabitada y deseando salir de ella.
Para rematar la incomodidad, da a estas visiones aceradas y afiladas de la ciudad con títulos irónicos, con resonancias infantiles, como por ejemplo, “ vamos a jugar a las casitas”, un mural publicitario en el que se finge – a través de un trampantojo esquemático, el interior del edificio, que se adivina pobre y feo- o “ El jardín de mi ciudad ”, un aparcamiento vallado y rodeado de unos pocos arbustos descolocados. Estos cuadros pregonan más que ocultan su origen fotográfico. Pastor, tras estampar las imágenes originales sobre la tela por medios mecánicos, toma el pincel y aplica un esmalte encima de ellas.
Consigue así contornos borrosos y húmedos, más bien sombríos, como de metal deshecho. Este efecto de pátina suave se percibe especialmente bien en “El corazón de la ciudad” , una pieza llena de movimiento líquido y de reflejos de mercurio.
Las luces son descarnadas y frías y se deslizan sobre los objetos produciendo un contraste muy llamativo entre el espacio real, sólido y la mirada irreal, disolvente que lo perfila, lo erosiona y lo llena de trazos contradictorios.
El hecho de que el artista haya escogido una paleta prácticamente monocroma acentúa la sensación de distanciamiento sensorial y parece como si estuviese viéndolo todo desde muy lejos, como si acabase de aterrizar en un lugar desconocido y no se fiase de lo que puede depararle.
La mirada de Pastor es, en cierto sentido, especular: se coloca frente a la ciudad y le devuelve, con un toque de sorna, su aparente asepsia, su impersonalidad, su aire de inconsciencia gigante, de hormigueo conocido y aceptado.
La retrata furtivamente, como de pasada, como si prefiriese no mirar más, por si los rincones esconden algo aún más preocupante. Es consciente de que Madrid tampoco lo mira a él. |